abril 04, 2013

Película del día...

Spring Breakers - Harmony Korine , 2012

Ostentación, provocación, eyaculación. Son los elementos básicos del arranque metanfetamínico de la quinta obra de Harmony Korine. El primer montaje, después de los títulos de crédito iniciales chabacanamente florales, despliega un travelling de figuras femeninas en exposición: senos y culos firmes mal contenidos en bikinis diminutos, ombligos, insinuaciones sexuales, guiños y pestañeos, músculos marcados, cerveza y bebidas alcohólicas en cantidad. Otra ronda y las formas incontenibles explotan ante el ojo de la cámara, pezones erectos, cuerpos sensuales aceitados, mojados de agua salada, que se entretienen en  juegos alcohólicos que gustan tanto a los jóvenes americanos, a medio camino entre el intento de aumentar los efectos de la borrachera y la pesante provocación a fondo sexual - la cerveza salpica fuera de las latas y las chicas beben como si fuera la pantomima de un set porno. Son sólo unos pocos minutos, pero ya se encuentra todo el sifnificado del exceso, del deseo de vivir en una fiesta exclusiva y sin fin.

Esta feria de la carne es la imagen estereotipada de la "Fiesta de Primavera" (Spring Break), diez días de descanso de las clases donde los universitarios pueden ir a divertirse en las playas más buscadas, como aquellas de Florida. Las cuatro protagonistas, compañeras de universidad, sueñan desde hace tiempo unas vacaciones de este tipo para relajarse y darse a la juerga que deben ocultar o reprimir: Brit (Ashley Benson), Candy (Vanessa Hudgens) y Cotty (Rachel Korine) pasan de una fiesta a otra, beben y se drogan, mientras Faith (Selena Gomez) se esconde detrás de una fachada de chica buena, uniéndose a grupos de jóvenes católicos. Las chicas a pesar de no haber ahorrado dinero suficiente, no se rinden a la idea de quedarse en casa otra vez y deciden subir la apuesta, arriesgarse para obtener el máximo rendimiento: hacer un atraco. La secuencia podrá parecer tan inverosímil como la realización excitante: el atraco al fast-food es rodado en un plano secuencia donde la cámara de Korine se mueve alrededor de local y, junto a la chica-automovilista seguimos la escalation de las riot-girl. Si no hay, el dinero debe ser obtenido de la manera más fácil, tan fácil como jugar a un videojuego, rápido e indoloro como una película de Hollywood. Y la fiesta puede comenzar.

Harmony Korine es el cantor de la inocencia de la América. Sus historias, llenas de drogas, suciedad y "aburrimiento" son a menudo retratos despiadados y honestos de las personas perennemente en contacto con la violencia, que se encuentra profundamente arraigada en el humus de una nación, contaminando incluso los suburbios. El autor siempre ha estado cerca de sus personajes y, a pesar de sus gestos a veces extremos, siempre ha probado una empatía absoluta por ellos. Korine no es cínico, aunque si a primer impacto podría parecerlo, y los que le acusan de astucia nunca se han dado cuenta de la grande valentía que posee, y no han entendió la sana provocación que se encuentra detrás de su discurso sobre la América. El montaje juega con pretericiones y elipses repentinas, es humoral e impredecible como las protagonistas y sigue la deriva de las atracciones eisensteinanas. La anti-narración impuesta por el realizador americano derrumba cualquier pretexto para el espectador desprevenido a un bombardeo audiovisual de esta magnitud, tan potente que se ve obligado a reducir la velocidad, a tener que encaminarse a través de los rangos del gangster movie. Que el cineasta californiano no tenga miedo de transgredir los límites del sentido común y el buen gusto se había intuido ya desde sus primeras obras ("Gummo" y la dogmática "Julien Donkey-Boy"), pero con este último trabajo Korine confirma de haber regresado a su estilo corrosivo y abrasivo, después de la melancolía simple de "Mister Lonely" (2007).  La languidez melancólica es la sensación que se respira en la película y es a través de la nostalgia ambigua por esta generación perdida que Korine hace de "Spring Breakers" una balada nihilista y desesperanzada.

La escritura arriesgada que no cae en compromisos se refleja en la fusión de formas diferentes, en el mundo en donde cada uno de los aspectos, ya sea de los acontecimientos como de los personajes, son contados y comentados a través de las imágenes sin ninguna autocensura. El final de los juegos es advertido por una baja resolución digital que derrite las formas perfectas de los alborozadas "breakers" para después ser confirmado narrativamente por el blitz policial que manda a la cárcel a las jóvenes fiesteras. Aquí sale de la penumbra Alien (un histriónico y fenomenal James Franco, con  dientes de oro y rastas), gangsta-rapper que, a la espera de tener éxito como cantante, ha probado todos los trabajos ilegales: es un traficante de drogas y vive su sueño. "Look at my sheeet! This is fuckin' American dream" exclama saltando en la cama y mostrando a sus amigas, "toda su mercancia", es decir, vestuario, coche y mansión dignas de un gran boss, dinero y armas en cantidad. Es aquí que el escapismo de la primera parte se convierte en una  inquietante metáfora sobre las implicaciones de una sociedad enferma desde la raíz, sin moral alguna, cuya ingenuidad se ha transformado en avaricia rapaz. El sueño americano ya no es siquiera el "gangsterismo" visto como núcleo subversivo respecto a la sociedad (como el de la Grande Depresión) o a un aparato contra el Estado, sino aquel despreocupado e infinito "spring break" donde se puede obtener todo sin esfuerzo ni preocupaciones:  y el mantra de las chicas capitaneadas por Alien no puede ser que "Spring break, spring break, spring break forever!".

Junto al montaje, la otra poderosa arma en la composición audiovisual es el sonoro y el soundtrack: en el primer tema se destacan las voces en off de las protagonistas que se cuentan, anuncian acciones, denuncian sentimientos personales y tergiversan sí mismas (Varias veces son filmadas mientras hablas por teléfono con los padres y el montaje desenmascara siempre sus palabras, tiernas y amorosas, mostrando las celebraciones desenfrenadas en donde se divierten y las hazañas criminales en las que participan). La banda sonora construida por el DJ Skrillex y  por Cliff Martinez tiene un pico de total compenetración en la escena en la que Alien toca al piano "Everytime" de Britney Spears, sobre el fondo de una puesta de sol de postal a orilla del océano, un videoclip verdadero, que destruye los clichés de aquello que para Korine es la "Britney Spears-Generation", ya que las imágenes montadas analógicamente con la canción cantada no tienen nada de empalagoso o meloso, son atracos a otros jóvenes en vacaciones, donde las chicas en bikini cubren su rostro con un pasamontañas de color rosa. El traje de Barbie se ha convertido en un uniforme, transformado en un status exactamente como el coche de carreras, las armas, los paquetes de cocaína: fetiches de la América de hoy en día.

"Spring Breakers" no es una película para todos, ha dividido público y crítica, y se está convirtiendo rápidamente en un cult absoluto, gracias a su maravillosa confección, que te deja literalmente pasmado. Sin lugar a dudas una de las visiones más viscerales y explosivas en lo que va de año: un asalto frontal al imaginario "candoroso" de los jóvenes americanos que quieren construir un futuro en la sociedad contemporánea (ultrajante y genial el uso de Vanessa Hudgens y Selena Gómez, niñas actrices que han construido la propia imagen en el candor de las películas y show de Casa Disney). Entre colores fluorescentes, luces dañadas de neón y puestas de sol dignas de "Miami Vice", la epopeya de una juventud que quiere vivir sin límites es la exposición del exceso y del kitsch, ya que es el único lenguaje expresivo capaz de coger una idea tan borderline y tan difícil de capturar sin que el desagrado consiga oscurecer la claridad de esta forma de pensar sobre el cine. Aplausos a Harmony Korine por haber escogido de recorrer un camino tan accidentado y por haber permanecido siempre en pie.

Valoración : 8.5/ 10


En dos palabras : Anti-narrativa, elíptica, oscura, incómoda e inquietante, "Spring Breakers" es una misa de réquiem del sueño americano en colores fluorescentes y ritmo  hip-hop. Una película que asesina brutalmente (dos veces) el sueño americano del éxito y de la pertenencia, a balazos. El último trabajo de Harmony Korine en su ser dopado y exagerado, es una reflexión lúcida y afilada sobre el horror de una realidad que se encuentra, literalmente, patas arriba.

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