noviembre 04, 2012

Película del día...

Amour (Love) - Michael Haneke , 2012

"[...]por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos por morir tan despacio,
por los minutos que preceden al sueño,
por el sueño y la muerte, esos dos tesoros ocultos,
por los íntimos dones que no enumero,
por la música, misteriosa forma del tiempo."

Jorge Luis Borges - Otro Poema de los Dones

"Amour" es un sentimiento fugaz, delicado, casi imperceptible, y quizás no para todos, y sin embargo inmediatamente evidente. Una densa sensación que sobrevive a la visión de la película de Michael Haneke, quien tres años después de la Palme d'Or por "Das Weiße Band" , nuevamente vuelve a ver la Promenade de la Croisette inclinarse ante su último trabajo. De esta manera la manifestación cinematográfica mas importante del mundo, llegada a su edición número 65, corona al director austriaco en el círculo áureo de aquellos pocos en salir vencedores en dos ocasiones: antes de él sólo Alf Sjöberg, Francis Ford Coppola, Bille August, Emir Kusturica, Shōhei Imamura y los hermanos Dardenne.

"Amour" es un escalofrío que atraviesa un cuerpo sumergido en la realidad cotidiana, repetitiva, difícil, dolorosa cuando las circunstancias de la vida empujan al hombre a experimentar el dolor y el sufrimiento, cuando el hombre se convierte en espectador del más atroz de los espectáculos terrenos : no sólo la muerte, sino la muerte de un ser querido. El amor de Haneke es un amor que se extiende hasta las consecuencias extremas, no es el idilio de una pareja, no es la celebración y el triunfo de lo romántico. Es algo primordial e indefinible, algo tan primitivo de sobrevivir en el fondo del alma humana, incluso cuando la sociedad viste la bestia que somos con la indumentaria de la cultura. Es algo que se transforma, en parte, en la rutina y en el gesto cariñoso que se convierte en costumbre, pero que reeemerge como fuerza e ímpulso, sufrimiento, desesperación, rabia y maldad, el cuidado y ternura en un abanico de emociones tan variadas como las plumas de un pavo real. Emociones a menudo silenciosas y sofocadas que emergen del abismo de una mirada.

Separados por dos colores kieslowskianos, Emmanuelle Riva ("Trois Couleurs: Bleu ", 1993) y Jean-Luis Trintignat ("Trois Couleurs: Rouge", 1994) se encuentran en la película de Haneke en una colosal interpretación, son marido y mujer, Anne y Georges ancianos maestros de música en pensión cuya vida da un vuelco total por culpa de una enfermedad agresiva e inesperada que afecta a Anne inmovilizándole parte del cuerpo. Ella obligada a un vivir que la priva cada vez más de la dignidad. Él ocupado en el cuidado de ella en un camino arduo y lacerante. El recorrido es duro y agotador (y me recuerda la lucha de Valérie Donzelli en la bellísima "La Guerre est Déclarée"). La muerte y el morir que por lo general podemos experimentar son el morir y la muerte de los demás, de aquellos que nos rodean y si la muerte, por absurda e imperativa, puede ser entendida como una condición de la vida humana (por otra parte de la misma cátedra de Cannes había sido capaz de hablar Terrence Malick con "The Tree of Life"), el proceso de morir, sin embargo, no sólo expresa la fragilidad humana sino que pone en cuestión la dignidad. La experiencia de la muerte de un ser querido es entonces una pregunta que interroga al hombre directamente sobre aquello que hace vida una vida. Que lo llama a comprender incluso el amor en nuevas formas, es gestos insólitos...

El arte cinematográfica de Haneke en su máxima expresión es una visión asombrosa; cruda y cruel, incluso violenta, como desde tanto tiempo el director austriaco nos tiene acostumbrados, pero sin recurrir a juegos perversos ("Funny Games"), manteniendo cierta la insensatez que acompaña la existencia, sin caer en el abismo de los instintos animales ("La Pianiste") aunque si mostrando la desnudez salvaje del hombre. La crueldad del amor hanekeiano es aquella de la vida misma, pero filtrada por el profundo y sincero humanismo del director, que ya en "Das Weiße Band" dejaba filtrar en su película un sentimiento ligero e impalpable, una esperanza que (con el florecimiento del amor entre el Maestro y Eva) desgarraba un mundo de insidias ocultas, una sociedad que se derrumbaba sobre sí misma. De esta manera, sin menospreciar el uso de técnicas y temáticas típicas del cine de terror, Haneke forja "Amour" como una película delicada y evasiva, no un himno al sentimentalismo, sino una rara búsqueda de los terrenos más extremos en donde el hombre pueda ser estimulado. El destino cínico y despiadado obliga, de hecho,  a la pareja a ir cada vez más lejos, en un vórtice de mejorías y recaídas por la enfermedad entre la desesperación que desearía finalizar forzadamente la agonía de vivir y la dulzura de los momentos en donde los recuerdos del pasado se infiltra en el presente a través de una vieja foto, con las notas de un fragmento musical. Pero el camino de la vida se dirige en una única dirección y el irrevocable destino exige ser afrontado.

Anne comienza el calvario en una silla de ruedas, continúa con un brazo atrofiado, después con medio cuerpo paralizado, y así sucesivamente, cada vez peor. Georges está siempre junta a ella, la ve sufrir, tratando de hacer que se sienta mejor. "Amour" nos habla de la imposibilidad de tener el control del propio cuerpo, y por consiguiente de la propia vida, pero sobre todo nos habla de quien esta pérdida de control la observa y la vive "en directo", día tras día. Georges ve desmejorar Anne cada momento que pasa ante sus ojos, y es un sensación que mata el alma, torturandola. Desde el principio, cuando Anne aún es capaz de hablar y de dar sentido a sus discursos, observamos que la pareja no quiere hablar con extraños de la enfermedad, como si cada vez que el discurso se manifiesta tenga el efecto de una puñalada (doble) al corazón. Basta ver la escena en donde hablan con uno de sus alumnos, convertido en un famoso músico, que viene a visitarlos en casa al pasar por París. Cuando ve las condiciones de Anne, con un poco de vergüenza el hombre pide una explicación, pero sólo recibe un simple "cambiemos de tema".

Anne y George saben que esa situación no va a mejorar, de hecho, conduce directamente a un destino demasiado obvio, y que da un miedo terrible : la muerte. Pero tal vez, para Anne, el mayor temor es sólo vivir en un estado que no la permita de tener dominio de sus medios, y que sobre todo no le da dignidad. Georges lo entiende, pero no puede prescindir de ella, y está dispuesto a hacer cualquier cosa para tenerla junto a él, incluso a auto-excluirse del mundo. No es casualidad que la película se desarrolla en un espacio cerrado, en el interior de la casa de los protagonistas, y París no se ve nunca : sólo de vez en cuando, rápidamente, detrás de las cortinas blancas de las ventanas... Dudas, temores, sueños, momentos de soledad abordan a George en el crescendo de dolor experimentado en el asistir Anne hasta el epílogo de su amor. Anne transforma Georges en su natural prolongación, casi como si fuera una prótesis, y se abandona a sus cuidados aceptandolos pero a veces rechazandolos bruscamente. Georges adosa sobre sí mismo toda la responsabilidad oponiendose firmemente a la hospitalización de Anne, por voluntad de su amada, llegando al punto de impedir a la propia hija de verla.

Visionando "Amour" también se tiene la impresión de penetrar sin problemas en lo privado y en la intimidad de la cotidianidad de una pareja unida por un vínculo indisoluble, interpretada de manera sublime por dos actores que se han formado con la Nouvelle Vague : Emmanuelle Riva trabaja desde el punto de vista físico, para describir los síntomas de la enfermedad cada vez más evidente, pero es con su mirada que comunica la desolación de su personaje en presencia de la pérdida de la dignidad de su condición, la actriz francesa se propone heroicamente y estoicamente a la cámara, la suya es casi un Vía Crucis, su enorme talento representa algo que va más allá de la actuación, es vida. Jean-Louis Trintignant trabaja en cambio por sustracción, para mostrarnos esa chispa que poco a poco desaparece de los ojos de su Georges, mientras es vencido por el dolor y por la inadecuación, por la duda y por el miedo, los gestos y las expresiones de su rostro marcados por el peso de la responsabilidad, su vagar cansado y desanimado por casa, una casa un tiempo elegante y acogedora, y que ahora parece tan grande y vacía. Es exactamente aquella casa a ser ahora la envoltura que los mantiene a ambos encerrados en su sufrimiento.

Impresiona, conmueve, "rechaza", a veces da miedo (atención a la escena nocturna y argentiana en los pasillos del edificio). No se malvende en absoluto Haneke, de hecho, si es la "coherencia" aquello que los fans del director desean que continúe a tener. Pero su último trabajo es sobre todo una historia de amor y devoción, y toca las cuerdas del corazón ( y como es habitual en el cine del director austriaco), del estómago y sobre todo del cerebro. "Aún tengo muchas historias que contarte", dice Georges a Anne durante aquel desayuno que marcará poco después el comienzo del calvario : una frase que reune dos vidas completas y no es pronunciada narrativamente por casualidad... El realismo crudo de Haneke se revela una vez más un realismo interrumpido, que está interesado en átomos y fragmentos de la existencia que dejan entrever solamente en contraluz un universo escondido e invisible, sutiles declinaciones del alma que vagan en la música, ordenada articulación del tiempo en donde se desplega un sentimiento que trasciende el orden, en la música donde se fragmenta el tiempo del sentimiento humano que divaga en la memoria. O en la fantasía, o en la pesadilla. Los acontecimientos, los gestos, las miradas se transfiguran en notas musicales grabadas en una partitura mientras que la sensación de lo tocado se esconde entre los silencios no escritos.
"Amour" es lo que queda de una película cuando el objeto cinematográfico que lo representa desaparece, y aquel leve sentimiento que la imagen ha evocado. Aquel silencio que puede decir auténticamente algo : amour.

Valoración : 8.5 / 10

 

En dos palabras :"Realismo" es el ingrediente principal del cual el maestro austriaco se ha servido para concebir su último esfuerzo. Michael Haneke nos lleva de la mano en una experiencia de vida real, una de aquellas familiares entre las más angustiosa que existen, y lo hace mostrándonosla de una manera sencilla y sin ningún tipo de matizado melodramático, demostrando cómo un director a menudo acusado ​​de una frialdad absoluta puede continuar a realizar su cine álgido y quirúrgico, regalando al espectador una obra a su manera desgarradora y conmovedora.

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