diciembre 12, 2011

Película del día...

The Artist - Michel Hazanavicius , 2011

Érase una vez el cine mudo. Algo relacionado a esa época que nosotros acostumbramos definir cine de los orígines, en donde se trataba de comprender la importancia de este medio y sobre todo a que cosa podía servir. ¿Entretenimiento? ¿Ilusión?¿ Espéctaculos de saltimbancos? ¿Quién sabe lo que pasó por la cabeza de aquellas personas que durante esos primeros años tuvieron que dedicarse a algo que sin lugar a dudas era mucho más grande que ellos?...…

Érase una vez el cine en blanco y negro, y todavía persiste. A diferencia de su famoso "colega", este aún se conserva en su forma original, a menudo evocado por razones de un estilo bastante específico. Aquel blanco y negro que no sólo sobrevivió a la época clásica, sino también a los mismo colores. Porque si el sonido rompió, en algunos aspectos, el hechizo del primero, el color no ha hecho otra cosa que enriquecer el encanto de este último.Cine mudo y cine en blanco y negro, decía. Un sólido binomio, a veces casi indispensable. Contar de este medio, incluso antes de representárnoslo. Es este el reto que se ha fijado Michel Hazanavicius con "The Artist", adentrandose en ese sendero arduo, que es la reconstrucción, en este caso parcial, de un mundo que ya no existe. Un mundo que no habla, pero que dice tanto, tantísimo.

Hollywood 1927. George Valentin (Jean Dujardin) es una estrella del cine mudo en la cumbre del éxito. Querido por el público, Valentin, parece haber puesto, también, en ese indiscutible éxito sus aspiraciones de hombre, poniendo en el orgullo artístico y humano todo su dominio. Pero los años '30, y también la Gran Depresión, están por venir, así como la llegada del sonoro que encontrará a Valentín impreparado y quizás inapropiado para semejante cambio. Y cuando su vivaz expresividad de actor de cine mudo parecerá no interesar a nadie, y las casas de producciones comenzarán a cerrarle la puerta en la cara sin reservas, su orgullo unido a la depresión debido a aquella "negación" lo harán hundirse en una crisis existencial sin salida. Mientras tanto, Peppy Miller (Bérénice Bejo), una chica joven y alegre conocida por casualidad a la salida de un preestreno, parece estar a punto de emprender el vuelo. De sencilla bailarina, y sobre todo debido a la llegada del sonoro, la chica se convertirá (rápidamente) en una estrella de primer nivel, y que por un juego sádico del destino, ocupará el lugar en los corazones del público del ahora abandonado Valentin. La tempestividad amorosa, por lo tanto, es una vez más desfavorable: si al principio Valentin permanecía fascinado sólo de sí mismo sin dejarse cautivar por el encanto de una bailarina, ahora caído en desgracia - económica y humana -, su orgullo inquebrantable no puede permitir que esa misma chica lo salve de la presunta miseria que le espera.

Toda la película sigue un registro muy diferente del de su protagonista, que no es otra cosa que uno de los muchos espejos de la película. La aparición del "nuevo" experimentado como un trauma, independientemente de los resultados o de las exigencias. "La gente quiere escucharlos hablar", echa en cara el amigo y productor Al Zimmer (John Goodman) al que hasta el día antes era su gallina de los huevos de oro. "Pero yo no sé si es mi voz la que quieren escuchar", responde Valentin en manera indirecta. Este es el ejempo de cómo reconstruir, en pocas palabras, el terror de una época que se avecina. No es un pastiche de sí misma, pero son demasiado fuertes, demasiado explícitas las referencias a las famosas secuencias tomadas de "Metropolis" de Fritz Lang , o de "The Kid" de Chaplin. En "The Artist" el recordatorio es constante: "Citizen Kane" de Orson Wells (la escena del desayuno, el almacén con los muebles de George), "Sunset boulevard" de Billy Wilder (la parábola de la estrella que no renuncia, acompañado por su fiel conductor que firma también los autógrafos para él permaneciendo a su lado incluso en la desgracia ) y aunque sí el recuerdo más evidente y tal vez menos deseado es "A Star Is Born" de William Wellman y "Singin' in the Rain" de Stanley Donen. Pero también puedo mencionar Lubitsch, Murnau, las películas de King Vidor, el número de Tip Tap de una grande pareja danzante como Fred Astaire y Eleanor Powell. Sin embargo aquella retratada en la película es la Hollywood de los cambios, aquella de los años '20 y '30, por lo cual es en el cine americano de aquella época que tenemos que repescar una gran cantidad de objetos que parecían perdidos.

Esto es especialmente válido en relación con el cast. Jean Dujardin es de hecho el mejor protagonista que se podía desear. El actor encarna las cualidades de la estrella del pasado, y parece salido realmente de una película de esos años, sólo con más ironía y desencanto. Encantador, divertido, seguro de sí mismo, tratad de imaginar, especialmente hoy en día, lo que significa arrastrar al espectador sin decir una palabra. La performance de Dujardin es impresionante, y el premio al mejor actor recibido al Festival de Cannes es seguramente merecido. Junto a él, encontramos a Bèrènice Bejo ojos brillantes sonrisa desenvuelta, nacida para interpretar Peppy Miller "la chica que amaréis amar", directamente salida de uno de los cuentos más brillante de F. Scott Fitzgerald. Y son también perfectos los actores "secundarios", de John Goodman a James Cromwell. pasando por Penelope Ann Miller. A todo esto Hazanavicius agrega la hermosa música de Ludovic Bource y un concepto muy moderno de dirección: Sin hacer ningún tipo de spoiler, diré que la película no es completamente muda, y el uso que el director hace del sonoro es de una intilegencia para nada común. Aquí la dirección toca picos inimaginables, elevándose a la enésima potencia.

Y mientras soy testigo de la suerte alterna de esta pareja casi arquetípica, a partes inversas, me dejo capturare por aquellos episodios individuales, entre serio y jocoso, que fluyen inexorablemente en la pantalla. A veces uno tiene que ponerse en juego, sobre todo si uno desea osar con las interpretaciones, como cuando nos enteramos de que el estudio, eje de los hechos ocurridos, se llama Kinograph. Kynos, perro en griego. El mismo perro cuyos gestos, en un mundo donde no se habla, valen tanto como los de los protagonistas. Es él que destempla siempre la atmósfera, con esa ingenuidad que le pertenece. Ese perro que salva, literalmente, a su propio maestro, es decir Valentin, en más de una ocasión. Algo más que un coprotagonista. Para ser claro. Y, por último, pero no por importancia, encontramos esta nostálgica historia de amor de otros tiempos. Un amor discreto, limpio, serio. El amor entre un hombre y una mujer que, tal y como lo vemos, nos lo ha propuesto sólo el séptimo arte. Desprovisto de sentimentalismos de cualquier tipo, duro si es necesario. No una simple imitación, por lo tanto, no la love story de turno. Sin desproveer de ese toque de ligereza que tanto caracteriza al realizador francés.

"The Artist" puede ser paragonada a una persona anciana que, delante de un público heterogéneo, evoca recuerdos de infancia. justificada por alguna pérdida de memoria, o porque es bueno idealizar los recuerdos felices que llevamos dentro, aquello que emerge es casi siempre una historia que pocos creen ... pero que a todos gusta. Gusta por que ha envejecido junto con el que relata la historia. Involucra, por que es fermentada dentro un viejo odre, que nadie ha resquebrajado y por lo tanto ha cumplido con su deber de conservar el contenido. Y como el buen vino, algunas historias mejoran sólo con la edad. Aunque parezcan modernas.




Valoración : 8.5/10


En dos palabras : Una oda a la pureza del cine y al poder de las imágenes, este es el propósito de Michel Hazanavicius, que con "The Artist" ofrece al espectador la oportunidad de viajar a través del tiempo, casi un siglo atrás, mostrando un gran coraje en el poner en escena una película en blanco y negro, donde no se oye hablar a los actores, pero leemos sus diálogos en los cuadros de texto. En ausencia de la voz, la mirada regresa protagonista y el cine "that got small.", como decía la grandiosa Gloria Swanson, recupera las justas dimensiones. Absolutamente imperdible.

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