noviembre 21, 2011

Película del día...

Midnight In Paris - Woody Allen , 2011

Woody Allen está envejeciendo, y lo sabe. Como todos los grandes autores y directores que se respeten, es inevitable que en algún momento el deseo de llegar a una conclusión de una larga y agotadora existencia se convierta en una necesidad prácticamente necesaria. Y en este sentido, Allen ha comenzado desde hace tiempo un viaje suyo personal, como lo demuestra en "You Will Meet A Tall Dark Stranger" por ejemplo, que afrontaba en el tema principal la posibilidad de poder vivir una vida de constante serenidad proponiendo como solución final un remedio cuestionable y subjetivo.

Son ​​los pensamientos y las teorías de un hombre, consciente de estar cerca del ocaso y que no por coincidencia en los últimos años ha aumentado la voluntad de viajar, separándose regularmente de la adorada New York y yendo a tocar muchos de los destinos más importantes de Europa. Así que, después del largo paréntesis londinense y el breve paseo por Barcelona, ​​ahora llega el momento de aterrizar en París. Para un amante de la magia, no podía haber lugar mejor para ambientar una historia mágica y romántica como la de "Midnight in Paris" y en este sentido la película, además de ser un homenaje explícito a la ciudad romántica por excelencia, parece ser principalmente un verdadero y propio homenaje que el director neoyorquino ha querido hacer a sí mismo.

Y entonces no es por casualidad si la parte más fantástica e implicante de la historia sólo puede desarrollarse en el medio de la noche, único momento en donde Gil (Owen Wilson), un ex guionista de Hollywood en busca de inspiración para su primera novela, tiene la oportunidad (encontrandose en una determinada calle de París y en un punto preciso cada noche a medianoche exacta) de subir en un antiguo peugeot, que regularmente lo llevará al pasado, exactamente a los maravillosos años 20. Todas las películas de Woody Allen esconden referencias culturales, perceptibles sólo después de una escrupulosa visión, en esta ocasión el director decide de hacerlas evidentes al espectador, creando una historia basada en parte en la investigación histórica de la vida parisina de los años 20, mostrandonos de las reelaboraciones bastante caricaturescas e irónicas de algunos maestros de la escritura y de la pintura del pasado.

Gil se encuentra, de esta manera, a dialogar con estos grandes artistas, residentes en París: Scott y Zelda Fitzgerald, que expresan sus problemas conyugales, Ernest Hemingway, que ofrece a Gil algunos consejos sobre el tema de la escritura, tales como el concederse tiempo para escribir, independientemente de su estado sentimental, Pablo Picasso, a cuya vida privada precede el interés por sus obras, Salvador Dalí, quien no se sorprende cuando Gil le confiesa que viene del futuro, Gertrude Stein, mujer respetable, con un grande ojo artístico, Luis Buñuel, al que Gil sugiere la trama del "El ángel Exterminador", Toulouse-Lautrec, ocupado en retratar a sus famosas bailarinas del Moulin Rouge.

Un componente interesante, afrontado en casi todas las películas de Woody Allen, es la futilidad y la intangibilidad del amor, esta temática ha sido desarrollada en las películas de los años setenta, como la célebre "Annie Hall", y tomada recientemente, por ejemplo en "Whatever Works". El protagonista de "Midnight in Paris" se debate entre el amor por su novia y por el de la fascinante Adriana, conocida en el salto en el pasado e interpretada por una espléndida Marion Cotillard. Inez (Rachel McAdams), la novia de Gil, pertenece a una clase social alta, actualmente utilizada a menudo en las películas de Woody Allen : Los protagonistas de "Match Point" y "Scoop", preferiblemente que las dos turistas de "Vicky Cristina Barcelona", son ricos aristócratas, a quienes les gusta disfrutar del lujo y la opulencia.

La identificación de Allen con los principales personajes de sus películas es una búsqueda que últimamente siempre debe ser realizada y que a menudo puede resultar involuntaria. Después de haber abandonado la escena hace algunos años, queda claro que la única manera de mantenerse en contacto con sus historias, Woody Allen la ha encontrado transfiriendo su personalidad al interior de los personajes. Por lo tanto, como lo fue para Larry David en "Whatever Works" esta vez le toca a Owen Wilson hacer de espejo. El actor, por muchos de los rasgos caracteriales de su personaje, encarna a la perfección la viva imagen de su director. La figura de Gil hombre, en todas sus facetas (convencido de vivir en una época a él distante, siempre en busca de un cambio radical, lleno de inseguridades, aparentemente superficial, con tendencia a caer en el enamoramiento, romántico, irónico y por último guionista apreciado, pero cansado ​​de la política Hollywoodiana), es una carga completa de todas las referencias que pueden referirse a una sóla y única persona.

En una traducción típica de la obras de Allen, las dimensiones del sueño y de la vida terminan por confundirse entre ellas, pero no confunden al espectador en lo absoluto, tan grande es la capacidad del director de transbordarnos, sin extraviarnos, de una a la otra orilla del cine. Con extrema naturaleza, como en "Zelig", la película cambia constantemente su apariencia sin perder la fisonomía ligera y de ensueño. Nostálgica sobre todo, de aquella nostalgia entendida como un escape de la posibilidad de aceptar el propio tiempo. No hay remedio, pero los paliativos del arte y las sorpresas del caso, juegan (como siempre) un papel fundamental en la historia. El caso y la magia son las armas de un cine madurado, capaz de desactivar la tragedia de la vida con medios distintos de aquellos de la acostumbrada ironía apocalíptica. El guión juega con las paradojas, pero no pierde credibilidad. Y la seriedad sin gravedad de Allen se casa a la perfección con la rêverie francesa. Por no hablar de cómo se las arregla con un par de diálogos y aún menos artificios a restituirnos una época - los años 20, después la Belle Époque - y un espacio - la Ville Lumière - como si fueran desde siempre las coordenadas internas de su cine, y no cuerpos extraños de integrar.

El aspecto realmente novedoso de su senil maestría - por un lado todavía contrariada, umbilical, magnífica y verbalmente incontinente: en breve construidoa alrededor de sí mismo - es esta extraordinaria rítmica interior de su cine, capaz de adaptarse fácilmente a espacios y tiempos que no le pertenecen, enriqueciéndose, colorandose y mutandose constantemente. Incluso hay una moraleja en todo esto la perfección no es de este mundo, pero saber adaptarse a los imprevistos cotidianos puede reservar bellas sorpresas. Tal vez nos ayude a descubrir, de una manera paradójica e inconsciente, que aquella "edad de oro" que habíamos estado buscando quién sabe dónde, siempre había estado allí, cerca de nosotros. El cine de Woody Allen ciertamente ha encontrado la suya, y esto es más que evidente.

Valoración : 8.5/10


En dos palabras : Woody Allen presenta al público una película mágica y cínica, que no olvida de acentuar que la vida no es casi siempre satisfactoria: el hombre mira con nostalgia hacia el pasado y no se preocupa de construir un futuro mejor, porque el "pasado" es visto como una época insuperable. El director trata de inspirar a los artistas de hoy en día, señalando que el arte es el resultado de una investigación contínua. La filosofía alleniana, se acerca finalmentea una conclusión, capaz de aliviar (parcialmente) el espíritu inquieto del director. Ampliamente recomendable.

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